Si un pueblo tiene miedo de los riesgos y penalidades vinculados a la existencia política, lo que ocurrirá es que aparecerá otro pueblo que le exima de unos y otras, asumiendo su "protección contra los enemigos exteriores" y en consecuencia el dominio político; será entonces el "protector" el que determine quién es el "enemigo", sobre la base del nexo eterno de protección y obediencia.
[...]
Porque un pueblo haya perdido la fuerza o la voluntad de sostenerse en la esfera de lo político no va a desaparecer lo político del mundo. Lo único que desaparecerá en ese caso es un pueblo débil.
—Carl Schmitt (1932)
Situado en Destruction Bay, Provincia del Yukon, Canadá. Número variable de habitaciones disponibles. Contactar al Concierge o al Huésped S.
5.21.2007
5.11.2007
Pretender trascender a la masa es como escupir al viento...
En el momento en que escribo, trascender a la masa es escupir al aire: el escupitajo vuelve a caer... La trascendencia (la existencia noble, el desprecio moral, el aire sublime) ha caído en la comedia. Trascendemos aún la la existencia debilitada: pero a condición de perdernos en la inmanencia, de luchar igualmente por todos los otros. Yo detestaría el movimiento de la trascendencia en mí (las decisiones tajantes) si no captase inmediatamente su anulación en alguna inmanencia. Considero esencial estar siempre a la altura del hombre, no trascender más que un desecho, compuesto con afeites trascendentes. Si yo mismo no estuviese al nivel de un obrero, sentiría mi trascendencia por encima de él como un escupitajo pendiente sobre mi nariz. Esto lo experimento en el café, en los lugars públicos... Juzgo físicamente a seres con los que me junto, que no pueden estar por debajo, ni por encima. Difiero profundamente de un obrero, pero el sentimiento de inmanencia que tengo al hablarle, si la simpatía nos une, es el signo que indica mi lugar en el mundo: el de una ola entre las aguas. Mientras que los burgueses que trepan secretamente unos sobre otros me parecen condenados a la exterioridad vacía.
—Georges Bataille, Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte. (Citado por Antonio Campillo)
—Georges Bataille, Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte. (Citado por Antonio Campillo)
4.21.2007
El gran Moustaki
Sans la nommer...
Je voudrais, sans la nommer,
Vous parler d'elle
Comme d'une bien-aimée,
D'une infidèle,
Une fille bien vivante
Qui se réveille
A des lendemains qui chantent
Sous le soleil.
{Refrain:}
C'est elle que l'on matraque,
Que l'on poursuit que l'on traque.
C'est elle qui se soulève,
Qui souffre et se met en grève.
C'est elle qu'on emprisonne,
Qu'on trahit qu'on abandonne,
Qui nous donne envie de vivre,
Qui donne envie de la suivre
Jusqu'au bout, jusqu'au bout.
Je voudrais, sans la nommer,
Lui rendre hommage,
Jolie fleur du mois de mai
Ou fruit sauvage,
Une plante bien plantée
Sur ses deux jambes
Et qui trame en liberté
Ou bon lui semble.
{Refrain}
Je voudrais, sans la nommer,
Vous parler d'elle.
Bien-aimée ou mal aimée,
Elle est fidèle
Et si vous voulez
Que je vous la présente,
On l'appelle
Révolution Permanente
(letra y música de Georges Moustaki) (more)
Je voudrais, sans la nommer,
Vous parler d'elle
Comme d'une bien-aimée,
D'une infidèle,
Une fille bien vivante
Qui se réveille
A des lendemains qui chantent
Sous le soleil.
{Refrain:}
C'est elle que l'on matraque,
Que l'on poursuit que l'on traque.
C'est elle qui se soulève,
Qui souffre et se met en grève.
C'est elle qu'on emprisonne,
Qu'on trahit qu'on abandonne,
Qui nous donne envie de vivre,
Qui donne envie de la suivre
Jusqu'au bout, jusqu'au bout.
Je voudrais, sans la nommer,
Lui rendre hommage,
Jolie fleur du mois de mai
Ou fruit sauvage,
Une plante bien plantée
Sur ses deux jambes
Et qui trame en liberté
Ou bon lui semble.
{Refrain}
Je voudrais, sans la nommer,
Vous parler d'elle.
Bien-aimée ou mal aimée,
Elle est fidèle
Et si vous voulez
Que je vous la présente,
On l'appelle
Révolution Permanente
(letra y música de Georges Moustaki) (more)
4.18.2007
EL DESDICHADO
Je suis le ténébreux, - le veuf, - l'inconsolé,
Le prince d'Aquitaine à la tour abolie :
Ma seule étoile est morte, - et mon luth constellé
Porte le soleil noir de la Mélancolie.
Dans la nuit du tombeau, toi qui m'as consolé,
Rends-moi le Pausilippe et la mer d'Italie,
La fleur qui plaisait tant à mon cœur désolé,
Et la treille où le pampre à la rose s'allie.
Suis-je Amour ou Phébus ?... Lusignan ou Biron ?
Mon front est rouge encor du baiser de la reine;
J'ai rêvé dans la grotte où nage la sirène...
Et j'ai deux fois vainqueur traversé l'Achéron :
Modulant tour à tour sur la lyre d'Orphée
Les soupirs de la sainte et les cris de la fée.
De Gérard de Nerval
EL DESDICHADO
Yo soy el tenebroso —el viudo— el desolado,
Príncipe de Aquitania de la torre hoy baldía,
Murió mi sola estrella —mi laúd constelado
Ostenta el negro Sol de la Melancolía.
Tú que en la noche tumularia me has consolado
El Pausílipo vuélveme, la mar que lo ceñía,
La flor que amaba tanto mi espíritu enlutado,
La parra donde el pámpano a la rosa se alía.
¿Lusignán o Birón? ¿Soy Apolo o soy Eros?;
El beso de la Reina tornó aurora mi frente;
En tu gruta, sirena, manó el sueño veneros;
El Aquerón vencí dos veces, dos la nada.
Y en la lira de Orfeo pulsé alternadamente
El llanto de la santa, los clamores del hada.
Versión de Octavio Paz
EL DESDICHADO
Yo soy el Tenebroso, -el viudo-, el Sin Consuelo,
Principe de Aquitania de la Torre abolida:
Mi única estrella ha muerto, y mi laúd constelado
lleva en sí el negro sol de la Melancolía.
En la Tumba nocturna, Tú que me has consolado,
devuélveme el Pausílipo y el mar de Italia, aquella
flor que tanto gustaba a mi alma desolada,
y la parra do el Pámpano a la Rosa se alía.
¿Soy Amor o soy Febo?.. Soy Lusignan o ¿Byron?
Mi frente aún enrojece del beso de la Reina;
he soñado en la Gruta do nada la Sirena...
He, doble vencedor, traspuesto el Aqueronte:
Modulando unas veces en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y, otras, gritos del Hada.
Versión de Aníbal Núñez
EL DESDICHADO
I am the dark one, -the widower; -the unconsoled,
The prince of Aquitaine at his stricken tower:
My sole star is dead, -and my constellated lute
Bears the black sun of the melancolia.
In the night of the tomb, you who consoled me,
Give me back Mount Posilipo and the Italian sea,
The flower which pleased so my desolate heart,
And the trellis where the grape vine unites with the rose.
Am I Amor or Phoebus? . . . Lusignan or Biron?
My forehead is still red from the kiss of the queen;
I have dreamd in the grotto where the mermaid swims...
And two times victorious I have crosst the Acheron:
Modulating turn by turn on the lyre of Orpheus
The sighs of the saint and the cries of the Fay.
Translated by Robert Duncan
Príncipe de Aquitania, en su torre abolida
Una clara conciencia de lo que ha perdido,
Es lo que le consuela. Se levanta
Cada mañana a fallecer, discurre por estancias
En donde sordamente duele el tiempo
Que se detuvo, la herida mal cerrada.
Dura en ningún lugar este otro mundo,
Y vuelve por la noche en la paradas
Del sueño fatigoso... Reino suyo
Dorado, cuántas veces
Por él pregunta en la mitad del día,
Con el temor de olvidar algo!
Las horas, largo viaje desabrido.
La historia es un instante preferido,
Un tesoro en imágenes, que él guarda
Para su necesaria consulta con la muerte.
Y el final de la historia es esta pausa.
Por Jaime Gil de Biedma
Le prince d'Aquitaine à la tour abolie :
Ma seule étoile est morte, - et mon luth constellé
Porte le soleil noir de la Mélancolie.
Dans la nuit du tombeau, toi qui m'as consolé,
Rends-moi le Pausilippe et la mer d'Italie,
La fleur qui plaisait tant à mon cœur désolé,
Et la treille où le pampre à la rose s'allie.
Suis-je Amour ou Phébus ?... Lusignan ou Biron ?
Mon front est rouge encor du baiser de la reine;
J'ai rêvé dans la grotte où nage la sirène...
Et j'ai deux fois vainqueur traversé l'Achéron :
Modulant tour à tour sur la lyre d'Orphée
Les soupirs de la sainte et les cris de la fée.
De Gérard de Nerval
EL DESDICHADO
Yo soy el tenebroso —el viudo— el desolado,
Príncipe de Aquitania de la torre hoy baldía,
Murió mi sola estrella —mi laúd constelado
Ostenta el negro Sol de la Melancolía.
Tú que en la noche tumularia me has consolado
El Pausílipo vuélveme, la mar que lo ceñía,
La flor que amaba tanto mi espíritu enlutado,
La parra donde el pámpano a la rosa se alía.
¿Lusignán o Birón? ¿Soy Apolo o soy Eros?;
El beso de la Reina tornó aurora mi frente;
En tu gruta, sirena, manó el sueño veneros;
El Aquerón vencí dos veces, dos la nada.
Y en la lira de Orfeo pulsé alternadamente
El llanto de la santa, los clamores del hada.
Versión de Octavio Paz
EL DESDICHADO
Yo soy el Tenebroso, -el viudo-, el Sin Consuelo,
Principe de Aquitania de la Torre abolida:
Mi única estrella ha muerto, y mi laúd constelado
lleva en sí el negro sol de la Melancolía.
En la Tumba nocturna, Tú que me has consolado,
devuélveme el Pausílipo y el mar de Italia, aquella
flor que tanto gustaba a mi alma desolada,
y la parra do el Pámpano a la Rosa se alía.
¿Soy Amor o soy Febo?.. Soy Lusignan o ¿Byron?
Mi frente aún enrojece del beso de la Reina;
he soñado en la Gruta do nada la Sirena...
He, doble vencedor, traspuesto el Aqueronte:
Modulando unas veces en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y, otras, gritos del Hada.
Versión de Aníbal Núñez
EL DESDICHADO
I am the dark one, -the widower; -the unconsoled,
The prince of Aquitaine at his stricken tower:
My sole star is dead, -and my constellated lute
Bears the black sun of the melancolia.
In the night of the tomb, you who consoled me,
Give me back Mount Posilipo and the Italian sea,
The flower which pleased so my desolate heart,
And the trellis where the grape vine unites with the rose.
Am I Amor or Phoebus? . . . Lusignan or Biron?
My forehead is still red from the kiss of the queen;
I have dreamd in the grotto where the mermaid swims...
And two times victorious I have crosst the Acheron:
Modulating turn by turn on the lyre of Orpheus
The sighs of the saint and the cries of the Fay.
Translated by Robert Duncan
Príncipe de Aquitania, en su torre abolida
Una clara conciencia de lo que ha perdido,
Es lo que le consuela. Se levanta
Cada mañana a fallecer, discurre por estancias
En donde sordamente duele el tiempo
Que se detuvo, la herida mal cerrada.
Dura en ningún lugar este otro mundo,
Y vuelve por la noche en la paradas
Del sueño fatigoso... Reino suyo
Dorado, cuántas veces
Por él pregunta en la mitad del día,
Con el temor de olvidar algo!
Las horas, largo viaje desabrido.
La historia es un instante preferido,
Un tesoro en imágenes, que él guarda
Para su necesaria consulta con la muerte.
Y el final de la historia es esta pausa.
Por Jaime Gil de Biedma
4.14.2007
Gianni Vattimo - Ecce Comu

Si può diventare comunisti dopo il 1989? Esserlo già stati è un altro conto: ma diventarlo (o ri-diventarlo)? Per Vattimo è possibile e doveroso visto che nessuna terza o quarta via, accettando di fatto il sempre più rigido elitarismo del capitale, è in grado di invertire l'odierna deriva d'ineguaglianza, in Italia e nel mondo. Se infatti il suo itinerario intellettuale - che l'autore descrive come una "lunga marcia attraverso le opposizioni" - si è sempre svolto in prossimità delle sinistre, è però solo con la fuoriuscita dai Democratici di Sinistra nel 2004 che Vattimo ha finito pienamente per ritrovare le ragioni della critica marxista alla democrazia borghese, schierandosi contro la dirigenza dalemiana e contro ogni sbiadimento riformista. Una versione certo personale dell'ideale comunista, ma al contempo ancorata alla sua tradizione storica e alla sua fondamentale esigenza di equità. Un comunismo anarchico, libertario e antitotalitario, debole ma non "debolista", che si serva degli strumenti del "sovversivismo democratico", che sia in grado di rinunciare a un "economicismo" ormai moralmente ed ecologicamente insostenibile; un comunismo che valga non solo come ideale regolativo, ma anche come efficace linea-guida nella realizzazione storica di una società giusta e realmente democratica: è questa la scommessa che Vattimo affida a questo manifesto lucido e sfrontato, persino brutale nella sua franchezza.
Rossana Rossanda - ¿A qué se le llama violencia?
“Lo que más me parece ofender el principio de realidad es que la violencia se adjudique a la rebelión. Como Tronti, pienso que la violencia está inscrita en el sistema dominante y no sólo y particularmente en las armas y la represión. Lo que he aprendido desde más de medio siglo es que son violentas todas las relaciones de subordinación. La violencia en el modo de producción capitalista es la más perfecta por inherente al mecanismo, abstracto, que reproduce desigualdad, exclusión, atraso –limitadas y eternizadas por una democracia política fundada en la propiedad–. Son violentos los poderes mundiales no sólo cuando hacen la guerra, sino también en el ordenamiento que imponen como si fuera una ley de la naturaleza.
—Rossana Rossanda
—Rossana Rossanda
4.09.2007
Slavo Zizek / Dr. Strangelove
“The Benjaminian ‘divine violence’ should be thus conceived as divine in the precise sense of the old Latin motto vox populi, vox dei: NOT in the perverse sense of ‘we are doing it as mere instruments of the People's Will,’ but as the heroic assumption of the solitude of sovereign decision. It is a decision (to kill, to risk or lose one's own life) made in the absolute solitude, with no cover in the big Other. If it is extra-moral, it is not ‘immoral,’ it does not give the agent the license to just kill with some kind of angelic innocence. The motto of divine violence is fiat iustitia, pereat mundus: it is JUSTICE, the point of non-distinction between justice and vengeance, in which ‘people’ (the anonymous part of no-part) imposes its terror and makes other parts pay the price - the Judgment Day for the long history of oppression, exploitation, suffering...
[...]
[T]he choice [:] ... ‘humanism OR terror,’ but with TERROR, not humanism, as a positive term. This is a radical position difficult to sustain, but, perhaps, our only hope: it does not amount to the obscene madness of openly pursuing a ‘terrorist and inhuman politics’, but something much more difficult to think.
[...]
This preemptive self-exclusion from the domain of the living, of course, turns the soldier into a properly sublime figure. Instead of dismissing this feature as part of the Fascist militarism, one should assert it as also constitutive of a radical revolutionary position: there is a straight line that runs from this acceptance of one's own disappearance to Mao Zedong's reaction to the atomic bomb threat from 1955:
‘The United States cannot annihilate the Chinese nation with its small stack of atom bombs. Even if the U.S. atom bombs were so powerful that, when dropped on China, they would make a hole right through the earth, or even blow it up, that would hardly mean anything to the universe as a whole, though it might be a major event for the solar system’. (The Chinese People Cannot Be Cowed by the Atom Bomb)
There evidently is an ‘inhuman madness’ in this argument: is the fact that the destruction of the planet Earth ‘would hardly mean anything to the universe as a whole’ not a rather poor solace for the extinguished humanity? The argument only works if, in a Kantian way, one presupposes a pure transcendental subject non-affected by this catastrophe - a subject which, although non-existing in reality, IS operative as a virtual point of reference. Every authentic revolutionary has to assume this attitude of thoroughly abstracting from, despising even, the imbecilic particularity of one's immediate existence, or, as Saint-Just formulated in an unsurpassable way this indifference towards what Benjamin called ‘bare life’: ‘I despise the dust that forms me and speaks to you.’ [10] Che Guevara approached the same line of thought when, in the midst of the unbearable tension of the Cuban missile crisis, he advocated a fearless approach of risking the new world war which would involve (at least) the total annihilation of the Cuban people - he praised the heroic readiness of the Cuban people to risk its disappearance.”
Citas tomadas de: “Robespierre or the ‘Divine Violence’ of Terror”, en http://www.lacan.com/zizrobes.htm
[...]
[T]he choice [:] ... ‘humanism OR terror,’ but with TERROR, not humanism, as a positive term. This is a radical position difficult to sustain, but, perhaps, our only hope: it does not amount to the obscene madness of openly pursuing a ‘terrorist and inhuman politics’, but something much more difficult to think.
[...]
This preemptive self-exclusion from the domain of the living, of course, turns the soldier into a properly sublime figure. Instead of dismissing this feature as part of the Fascist militarism, one should assert it as also constitutive of a radical revolutionary position: there is a straight line that runs from this acceptance of one's own disappearance to Mao Zedong's reaction to the atomic bomb threat from 1955:
‘The United States cannot annihilate the Chinese nation with its small stack of atom bombs. Even if the U.S. atom bombs were so powerful that, when dropped on China, they would make a hole right through the earth, or even blow it up, that would hardly mean anything to the universe as a whole, though it might be a major event for the solar system’. (The Chinese People Cannot Be Cowed by the Atom Bomb)
There evidently is an ‘inhuman madness’ in this argument: is the fact that the destruction of the planet Earth ‘would hardly mean anything to the universe as a whole’ not a rather poor solace for the extinguished humanity? The argument only works if, in a Kantian way, one presupposes a pure transcendental subject non-affected by this catastrophe - a subject which, although non-existing in reality, IS operative as a virtual point of reference. Every authentic revolutionary has to assume this attitude of thoroughly abstracting from, despising even, the imbecilic particularity of one's immediate existence, or, as Saint-Just formulated in an unsurpassable way this indifference towards what Benjamin called ‘bare life’: ‘I despise the dust that forms me and speaks to you.’ [10] Che Guevara approached the same line of thought when, in the midst of the unbearable tension of the Cuban missile crisis, he advocated a fearless approach of risking the new world war which would involve (at least) the total annihilation of the Cuban people - he praised the heroic readiness of the Cuban people to risk its disappearance.”
Citas tomadas de: “Robespierre or the ‘Divine Violence’ of Terror”, en http://www.lacan.com/zizrobes.htm
desconocimiento
¿El agua de qué hora
lava la herida
de la primera luz del día?
El desconocimiento golpea
como un martillo de sangre
María Auxiliadora Álvarez
lava la herida
de la primera luz del día?
El desconocimiento golpea
como un martillo de sangre
María Auxiliadora Álvarez
4.08.2007
SALMO DE INVIERNO
si quieres ganar el cielo primero debes saber perderlo
recoge por ejemplo un clavo
e imagina el agujero del que provino
¿qué dijo brodsky? que reconocemos a nuestros hermanos
no por sus rostros
sino por sus espaldas
en las colas que forman en los confesionarios
la vida pasa como pasa la corriente
cuando agarras un cable pelado
arroja el clavo
guarda el agujero
arroja el agujero al suelo
Mario Montalbetti
recoge por ejemplo un clavo
e imagina el agujero del que provino
¿qué dijo brodsky? que reconocemos a nuestros hermanos
no por sus rostros
sino por sus espaldas
en las colas que forman en los confesionarios
la vida pasa como pasa la corriente
cuando agarras un cable pelado
arroja el clavo
guarda el agujero
arroja el agujero al suelo
Mario Montalbetti
Piedras
no tenemos la casa todavía.
tenemos piedras; algunas.
trozos de pan, algo de vino tenemos
pero la casa no;
sin embargo tenemos oscuridad,
porque luz no tenemos todavía;
tenemos algunas lágrimas y besos.
otras cosas igualmente ridículas tenemos,
pero la casa no. quizá
paredes que se levantan muy despacio,
mas no tenemos casa todavía
donde encontrar el frío, la soledad,
la lluvia,
pero arriba,
un cielo como sábana tenemos
y abajo un infierno delicioso
por donde ambulamos
recogiendo piedras.
"hoy no me llevas muerte calavera,
no me voy, no quiero ir.
hoy no voy ni entrego mi barco de papel,
mi brazo, mi guitarra, hoy no,
hoy solamente tiro piedras,
poemas,
muchas piedras contra tu rostro
—no niego, dulce rostro—
tiro piedras,
me arranco el corazón y te lo arrojo.
hoy no, muerte, hoy no voy, no quiero,
necesito hacer la casa."
y estoy vivo
cuando arrojo palabras, muchas palabras.
fuego.
Eduardo Langagne
tenemos piedras; algunas.
trozos de pan, algo de vino tenemos
pero la casa no;
sin embargo tenemos oscuridad,
porque luz no tenemos todavía;
tenemos algunas lágrimas y besos.
otras cosas igualmente ridículas tenemos,
pero la casa no. quizá
paredes que se levantan muy despacio,
mas no tenemos casa todavía
donde encontrar el frío, la soledad,
la lluvia,
pero arriba,
un cielo como sábana tenemos
y abajo un infierno delicioso
por donde ambulamos
recogiendo piedras.
"hoy no me llevas muerte calavera,
no me voy, no quiero ir.
hoy no voy ni entrego mi barco de papel,
mi brazo, mi guitarra, hoy no,
hoy solamente tiro piedras,
poemas,
muchas piedras contra tu rostro
—no niego, dulce rostro—
tiro piedras,
me arranco el corazón y te lo arrojo.
hoy no, muerte, hoy no voy, no quiero,
necesito hacer la casa."
y estoy vivo
cuando arrojo palabras, muchas palabras.
fuego.
Eduardo Langagne
4.07.2007
Cold In Hand Blues
Héctor Viel Temperley: Creo que la muerte es algo
Creo que la muerte es algo
que se puede pensar
hasta sin cerebro.
Uno pasa por delante
de algunas casas
y las oye pedir muerte.
Qué destino
el de esos nuevos frentes
de casas de departamentos.
Yo he escuchado a sus materiales
pedir muerte,
volver a lo que eran
antes, en cualquier parte.
Me lo piden a mí
que oigo pensar su muerte
cuando paso a su lado
y oyen pensar la mía.
que se puede pensar
hasta sin cerebro.
Uno pasa por delante
de algunas casas
y las oye pedir muerte.
Qué destino
el de esos nuevos frentes
de casas de departamentos.
Yo he escuchado a sus materiales
pedir muerte,
volver a lo que eran
antes, en cualquier parte.
Me lo piden a mí
que oigo pensar su muerte
cuando paso a su lado
y oyen pensar la mía.
4.03.2007
Hospital Británico (1986 - selección)

TENGO LA CABEZA VENDADA (texto profético lejano)
Mi cabeza para nacer cruza el fuego del mundo pero con una serpentina de
agua helada en la memoria. Y le pido socorro. (1978)
TENGO LA CABEZA VENDADA
Mariposa de Dios, pubis de María: Atraviesa la sangre de mi frente —hasta
besarme el Rostro en Jesucristo (1982)
TENGO LA CABEZA VENDADA (textos proféticos)
Mi cuerpo—con aves como bisturíes en la frente—entra en mi alma. (1984)
El sol, en mi cabeza, como toda la sangre de Cristo sobre una pared de
anestesia total. (1984)
Santa Reina de los misterios del rosario del hacha y de las brazadas lejos
del espigón: Ruega por mí que estoy en una zona donde nunca había
anclado con maniobras de Cristo mi cabeza. (1985)
Señor: Desde este instante mi cabeza quiere ser, por los siglos de los siglos,
la herida de Tu Mano bendiciéndome en fuego. (1984)
El sol como la blanca velocidad de Dios en mi cabeza, que la aspira y
desgarra hacia la nuca. (1984)
TENGO LA CABEZA VENDADA (texto del hombre en la playa)
El sol entra con mi alma en mi cabeza (o mi cuerpo —con la Resurrección—
entra en mi alma). (1984)
TENGO LA CABEZA VENDADA (texto del hombre en la playa)
Por culpa del viento de fuego que penetra en su herida, en este instante, Tu
Mano traza un ancla y no una cruz en mi cabeza.
Quiero beber hacia mi nuca, eternamente, los dos brazos del ancla del
temblor de Tu Carne y de la prisa de los Cielos. (1984)
TENGO LA CABEZA VENDADA (texto del hombre en la playa)
Allá atrás, en mi nuca, vi al blanquísimo desierto de esta vida de mi vida; vi
a mi eternidad, que debo atravesar desde los ojos del Señor hasta los
ojos del Señor. (1984)
ME HAN SACADO DEL MUNDO
Soy el lugar donde el Señor tiende la Luz que Él es.
ME HAN SACADO DEL MUNDO
Me cubre una armadura de mariposas y estoy en la camisa de mariposas
que es el Señor—adentro, en mí.
El Reino de los Cielos me rodea. El Reino de los Cielos es el Cuerpo de
Cristo —y cada mediodía toco a Cristo.
Cristo es Cristo madre, y en Él viene mi madre a visitarme.
ME HAN SACADO DEL MUNDO
"Mujer que embaracé", "Pabellón Rosetto", "Larga esquina de verano":
Vuelve el placer de las palabras a mi carne en las copas de unos eucaliptus
(o en los altos de "B.", desde los cuales una vez -sólo una vez- vi a una
playa del cielo recostada en la costa).
ME HAN SACADO DEL MUNDO
Manos de María, sienes de mármol de mi playa en el cielo:
La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver
mi esqueleto.
Por Héctor Viel Temperley (1933-1987)
Estefanía coronada
Stephanie Reed, 5 nov. 1985
Esquivando el celaje de mis pasos
Con la garganta devorada
Como la noche más obsesiva de la historia
Sin nada
(Las velas listas, las nubes afuera
Con furia)
Llegué a ti sin nada en las manos
A sincronizar una emisora sonámbula
la más escandalosa del cuadrante
A pedir una cena de calamares vivos
A mirar tu rostro de diosa
(El mar muy cerca, incógnito
Los puertos demolidos)
Vine a arrastrarme en tu alfombra
A probar tus sillas
a sentarme en cada una de ellas por un siglo
Vine a abrir el refrigerador cien mil veces
a destapar todo el vino
(La pista del aeropuerto, con vapor
Pantanos de nostalgia)
Llegue a ti sin nada en las manos
a empuñar tu pelo de alambre
a hacerte una corona con mis diez dedos
a espigar tus escamas
a bailar dentro de tu cuerpo
a rociarme en tu sudor de océano
a adorar tus ojos de almendra entrecerrados
a columpiar tus muslos amazónicos
a encontrar la huella de tu espalda herida
a contarte la historia del mundo
a engañar tu mente galáctica
a temblar con tu temblor
a poner más sal en tu lengua
a oír tu oído
a sorber de tu trauma
a aprender tus teorías
a leer tus papeles amarillos
a pronunciar tu piel lila
a tomar un té contra la muerte
a colar un café espumoso
a abrir una fruta roja y dulce
a pedir todo lo que queda
a robar para darte
a delinquir toda la vida
A despertar antes de mañana
Esquivando el celaje de mis pasos
...................................................
Por Juan Ducasse
Hector Viel Temperley
El ángel de las botas
Como botas de ahogado,
mis botas junto al mar se han azulado.
Mis botas sin jinete
y en espuma de mar, no de caballos.
Sus puntas ya no sienten
mi cuerpo en los estribos, casi alado.
Y mis piernas no surgen
de su cuerpo, tirante hacia lo alto.
Sin botas por la arena,
corro hasta ellas sonriendo, y con mis manos
las alzo. Y frente al agua
las afirmo de nuevo, arrodillado.
Surgiendo de mis botas,
como a golpes de viento se ha formado.
Y por olerlo rueda
el mar hasta mis botas, disparado.
En medio de su cuerpo
crecen olas, lamiéndolo y quebrándolo.
Azul de brazo a brazo,
sus pulmones son cielos destrozados.
Cintas blancas y azules
atan su pelo al sol. Y todo es blanco
desde las cortas alas
hasta el vientre. Mis botas más abajo.
Volteadas por el viento,
mis botas caen al fin. Y arrodillado
abrazo más que el viento.
Abrazo el ángel que hice con mis manos.
Como botas de ahogado,
mis botas junto al mar se han azulado.
Mis botas sin jinete
y en espuma de mar, no de caballos.
Sus puntas ya no sienten
mi cuerpo en los estribos, casi alado.
Y mis piernas no surgen
de su cuerpo, tirante hacia lo alto.
Sin botas por la arena,
corro hasta ellas sonriendo, y con mis manos
las alzo. Y frente al agua
las afirmo de nuevo, arrodillado.
Surgiendo de mis botas,
como a golpes de viento se ha formado.
Y por olerlo rueda
el mar hasta mis botas, disparado.
En medio de su cuerpo
crecen olas, lamiéndolo y quebrándolo.
Azul de brazo a brazo,
sus pulmones son cielos destrozados.
Cintas blancas y azules
atan su pelo al sol. Y todo es blanco
desde las cortas alas
hasta el vientre. Mis botas más abajo.
Volteadas por el viento,
mis botas caen al fin. Y arrodillado
abrazo más que el viento.
Abrazo el ángel que hice con mis manos.
3.02.2006
12.12.2005
CULEBRA
Estaba en el café con una amiga tomándome unos tragos, regaladamente sentado ante una de estas mesas con parasol que se colocan frente a los negocios. El parasol no era necesario porque era de noche. La brisa marina mitigaba el calor. El campari con soda acariciaba la sed. Disfrutábamos el ambiente recién creado en el pueblo por una ola de progreso que vino del mar y barrió con los tugurios de los pescadores, de esos pescadores que habían dejado de pescar hacía siglos. Nos sentíamos muy gentry, rodeados de avenidas arboladas, boutiques, pubs y más cafés como el nuestro, gente cool sin prisa y sin miseria. Ay la brisa nocturna del mar, repetía mi amiga, deleitada, y yo pensaba que ella era de lo más sibarita. Luego ella se fijó en mi ropa, yo no me había fijado, y me preguntó por qué tenía manchas de fango en los pantalones, por qué tenía una rasgadura en el ruedo, por qué había manchas de sangre en mi rodilla, en mis codos y hasta en el collar de mi camisa. Lo que más curioso le pareció a ella fue que yo llevaba puesto un zapato marrón oscuro, uno de mis zapatos Clarke, y otro zapato marrón claro, puntiagudo, de tersa piel de culebra, que no era mío. Sólo lucía enfangado y opaco el zapato Clarke, pero el zapato de piel de culebra brillaba, luminoso, y reflejaba las luces de la calle como si las escamas fueran lentejuelas. Yo no sentía la misma curiosidad que mi amiga porque conocía la causa de esos detalles. Pero mi amiga insistía y señalaba con el dedo. Una señora rubia sentada a la mesa del lado, que estaba sola, pero parecía esperar a alguien, también se puso a mirar con poca discreción mis zapatos y mi ropa y daba muestras de querer participar en nuestro diálogo. La brisa marina me parecía un algo molestosa, realmente hacía frío. Apuré otro sorbo de campari para alcoholizar un poco el leve temblor que sentí. Me percaté que debía contar la historia que explicaba el extraño estado de mi atuendo. Mi acompañante y la señora rubia parecían brindarme esa oportunidad.
Hace apenas unas horas, ni siquiera horas, minutos creo, les dije, yo no estaba aquí, en el pueblo, yo estaba en el campo, en uno de los barrios cercanos de la montaña. Es uno de esos barrios donde hay cafetines y dentro de los cafetines hay una mesa de billar y una vellonera que toca canciones charras por monedas. Se echa la moneda por una ranura y se escoge la canción más charra del ayer. Hay tipos muy machos con barrigas distinguidas y bigotes finos, que juegan billar con donaire y eructan cerveza con gran galantería. Otros conversan en las barras sobre las chulerías de los motores de sus automóviles. Yo, como hombre de pueblo que soy, fui a darme una cerveza en uno de esos cafetines. Tenía sed, hacía calor. —Era temprano en la noche, pero ya estaba midiendo el tiempo para llegar aquí a mi cita contigo, no creas —le aclaré a mi amiga. Estacioné mi carro afuera, a la orilla de la carretera, entre unos siete u ocho carros arrimados contra el precipicio que bordeaba el lugar, y entré en el negocio. Dentro, había una colección vintage de macharranes, si bien no faltaban dos o tres mujeres cuya presencia desenvuelta y moderna les unta en nuestros tiempos un toque cosmopolita a estos cafetines. Me senté a la barra y pedí la cerveza. Yo estaba tranquilo en mi banqueta alta, disfrutando el sano ambiente de campo, pero había poca distancia entre la mesa de billar y yo. Un hombre de mi edad que se sentaba a mi lado, sosteniendo con la sonrisa congelada una botella de Heineken, dejó de mirar su botella, me miró con fijeza y dio señas de reconocerme. Acercó su boca a mi oído y susurró —Rafa, Rafa, —como si yo andara por allí de incógnito y él quisiera tener la delicadeza de saludarme sin publicar mi identidad. Lo miré con extrañeza, porque yo no me llamo Rafa. Entonces él siguió, hablando en una voz baja que la música de la vellonera casi ahogaba del todo: tú eres Rafael, verdad, el músico, el que componía danzas. Respondí, yo no soy Rafa, pero yo tenía un abuelo llamado Rafael que componía danzas. ¿Pero tú no eres él? —preguntó, incrédulo, como entrecerrando los ojos. Sí, sí, ése, el que escribía danzas…., añadió. Insistí, no yo no soy mi abuelo, yo soy el nieto, mi abuelo murió hace poco a los 96 años. Ahhh…, con que murió, dijo, mirando su botella y concluyó: yo lo conocí, perdóneme. Al hombre le molestó que yo negara ser mi abuelo, por lo que viró la cara y no me dirigió más la palabra. Lo observé bien y noté que tenía un jacket de cuero marrón excesivamente grueso para estas temperaturas. Llevaba un pañuelito azul amarrado al cuello, como los que usan los argentinos.
Como he dicho, había muy poca distancia entre la mesa de billar y mi banqueta. Al poco rato un macharrán de barriga muy galana se colocó entre la mesa y mi banqueta, dándome la espalda y acomodándose para mejor manejar su taco de billar. Dándome la espalda todo el tiempo, me empujó en el riñon con el mango del taco y dijo, con voz alcohólica, salte del medio bródel que no tengo espacio. Yo le dije oiga señor, se dice por favor. El tipo se volteó, alzó el taco como para partirlo en cinco pedazos sobre mi cabeza y gritó señol es tu madre, yo soy el bichote aquí, papá. Entonces escuché un coro, que entonó en mi dirección: no le haga caso místel que está borracho, no le haga caso místel que esta borracho, no le haga caso místel que está borracho; las voces sonaban como si acompañaran la melodía ranchera-rap de la vellonera, y provenían de los otros macharranes y de las mujeres. Una de ellas se acercó al bichote de la barriga galana, quien permanecía agarrando el taco como un bate de béisbol mirándome muy mal. Ella le puso las manos sobre los hombros y le dijo papito ya te estás poniendo malito, vete a descansar vete a descansar. Sus palabras le salían en ritmo ranchera-rap. Y encajando el mismo ritmo, él entonó: papito es la crica de tu madre, yo soy el bichote, mamá, yo soy el bichote mamá. A partir de ese momento sucedieron cosas violentas. El bichote de la barriga galana le dio una bofetada a la mujer. Ella se la devolvió. El la agarró, la hizo girar y le puso una llave de lucha libre, torciéndole el brazo hacia la espalda. Noté que la mujer llevaba un vestido amarillo corto, sin mangas y que tenía brazos muy bien torneados, realmente hermosos. Ella le hundió un codo en la barriga al enemigo, se zafó del agarre y con un movimiento de marioneta, alcanzó un revolver que el bichote llevaba en su cinturón, se lo arrebató y le disparó un tiro. El hombre no cayó, aunque yo hubiera deseado que se desplomara sobre la inmunda mesa de billar y que la inundara de sangre, pero él sólo se encorvaba y se agarraba el hombro izquierdo, sujetándose del borde de la mesa con el brazo desocupado. Me mató la cabrona ésa, pero yo la voy a matar a ella, decía. La mujer se había esfumado. Había tirado el revólver al suelo. El bichote recuperó el hierro y lo blandía como un estandarte de batalla, agresivo, aturdido, girando como un molino. Los amigotes lo rodearon para mantanerlo en pie. Las demás mujeres ya no estaban. Nadie se fijaba ya en mí. Uno de los amigotes del bichote dijo, la cabrona ésa corre más que una guinea, debe haberse metido en casa de su mamá, allá abajo al pie de la cuesta de los González, como hace siempre. Pues pa’llá voy, a matarla, la guá combeltil en caln’e mondongo, gritó el bichote borracho, revólver en mano.
Descubrí que el supuesto amigo de mi abuelo, al igual que yo, no se había movido de su lugar. Me susurró al oído: ¡oye Rafa! indefectiblemente, esa gente va a matar a la mujer que te defendió, es gente malvada, si la quieres salvar a ella, corre hasta la casa donde estará y avísale, pero no te vayas por la carretera, como ellos, pues te verán, se percatarán de tus intenciones y te matarán a ti; tan pronto ellos salgan por la puerta, vete por esta salida trasera que ves ahí, detrás de la vellonera y atrecha por un sendero que llega directo a la casa de la madre de ella, si te apresuras llegarás antes que los tipos, pues están borrachos. Vi entonces que, como predijo el supuesto amigo de mi abuelo, los tipos salieron puerta afuera, casi cargando en pie al bichote, quien a pesar de estar muy malito, seguía con el revólver en la mano, dispuesto a todo. Escuché que la vellonera callaba. Me despedí con una guiñada del amigo de Rafa, me colé por la portezuela tras la vellonera y corrí sendero abajo. El trayecto era oscuro, negro, mis pies tropezaban con piedras y raíces, las ramas azotaban mi rostro. Sentí mientras corría que de cuando en cuando mi hombro izquierdo rozaba una verja alta alambrada, forrada de enredaderas. Me esforcé en seguir pegado a esa verja y aceleré mi carrrera ciega. Sentía que me deslizaba por un túnel, pero el fresco sugería un espacio abierto. El suelo subía y bajaba como una montaña rusa. Caí varias veces y mis manos se hundieron en el fango. Sólo pensaba que los tipos malos iban a matar a la mujer y que yo debía rescatarla. Hubo instantes en que casi desistí de la carrera por falta de aire, pero continué sin saber cómo, hasta que mi hombro izquierdo rozó un muro de concreto liso en lugar de la enredadera interminable. El muro terminó en un portal iluminado. Era la entrada trasera a los predios de una casa. Abrí el portón y penetré en el jardín, escuché ladridos lejanos pero no vi perros. A mi izquierda había una piscina con luces en el agua. Pero no se sentía un alma en el lugar. Más adelante vi una puerta alumbrada por un foco intenso colocado sobre el dintel. Roté la perilla y la puerta abrió de inmediato. Entré a lo que parecía ser un cuarto de baños iluminado con loza blanca immaculada. Aunque no ví los usuales efectos sanitarios. Quizá era una construcción amplia y cada pieza, la bañera, la taza del toilet, el lavamanos, ocupaba un compartimento separado. Mi pie derecho palpó la superficie del piso suave y fría como la palma de una mano de princesa. Me percaté que había perdido el zapato derecho y que ese pie pisaba descalzo. No pude sino pensar, alarmado, que la desnudez de mi pie representaba un impedimento serio para mi plan de rescate de la mujer amenazada. Estar descalzo era un handicap para el combate inminente. Sin sorprenderme, hallé un zapato junto a un cesto de toallas blancas. Era un solo zapato derecho de piel de culebra que yacía en el piso sin su par. Introduje mi pie en él y sentí gran alivio, ahora estoy listo para luchar, pensé. Vi otra puerta que parecía dar entrada a las habitaciones donde se encontraría la perseguida, sólo restaba alcanzarla, avisarle el riesgo que corría y salir con ella de la casa antes que llegara la turba asesina, o además hacerles frente a ellos si estuvieran ya golpeando la puerta del frente de la casa, si no es que hubiesen penetrado ya, porque mi carrera había consumido un tiempo incalculable...
—¿Ése que usted cuenta, es el zapato de piel de culebra que lleva ahora puesto, señor? —preguntó la señora del pelo rubio que se sentaba en la mesa contigua del café, que parecía esperar a alguien y quien ya se había puesto a escuchar mi relato como si nos acompañara. Sí señora, le respondí, impaciente por contar el desenlace de mi historia.
—Pues esos mismos son los zapatos que pusieron hoy en especial en Walmart —añadió la señora.
Entonces no quise contar por qué mi atuendo se encontraba en estado tan estrafalario. Mi nuevo zapato de piel de culebra rutilaba, mudo, con sus escamas… El esplendor.
Hace apenas unas horas, ni siquiera horas, minutos creo, les dije, yo no estaba aquí, en el pueblo, yo estaba en el campo, en uno de los barrios cercanos de la montaña. Es uno de esos barrios donde hay cafetines y dentro de los cafetines hay una mesa de billar y una vellonera que toca canciones charras por monedas. Se echa la moneda por una ranura y se escoge la canción más charra del ayer. Hay tipos muy machos con barrigas distinguidas y bigotes finos, que juegan billar con donaire y eructan cerveza con gran galantería. Otros conversan en las barras sobre las chulerías de los motores de sus automóviles. Yo, como hombre de pueblo que soy, fui a darme una cerveza en uno de esos cafetines. Tenía sed, hacía calor. —Era temprano en la noche, pero ya estaba midiendo el tiempo para llegar aquí a mi cita contigo, no creas —le aclaré a mi amiga. Estacioné mi carro afuera, a la orilla de la carretera, entre unos siete u ocho carros arrimados contra el precipicio que bordeaba el lugar, y entré en el negocio. Dentro, había una colección vintage de macharranes, si bien no faltaban dos o tres mujeres cuya presencia desenvuelta y moderna les unta en nuestros tiempos un toque cosmopolita a estos cafetines. Me senté a la barra y pedí la cerveza. Yo estaba tranquilo en mi banqueta alta, disfrutando el sano ambiente de campo, pero había poca distancia entre la mesa de billar y yo. Un hombre de mi edad que se sentaba a mi lado, sosteniendo con la sonrisa congelada una botella de Heineken, dejó de mirar su botella, me miró con fijeza y dio señas de reconocerme. Acercó su boca a mi oído y susurró —Rafa, Rafa, —como si yo andara por allí de incógnito y él quisiera tener la delicadeza de saludarme sin publicar mi identidad. Lo miré con extrañeza, porque yo no me llamo Rafa. Entonces él siguió, hablando en una voz baja que la música de la vellonera casi ahogaba del todo: tú eres Rafael, verdad, el músico, el que componía danzas. Respondí, yo no soy Rafa, pero yo tenía un abuelo llamado Rafael que componía danzas. ¿Pero tú no eres él? —preguntó, incrédulo, como entrecerrando los ojos. Sí, sí, ése, el que escribía danzas…., añadió. Insistí, no yo no soy mi abuelo, yo soy el nieto, mi abuelo murió hace poco a los 96 años. Ahhh…, con que murió, dijo, mirando su botella y concluyó: yo lo conocí, perdóneme. Al hombre le molestó que yo negara ser mi abuelo, por lo que viró la cara y no me dirigió más la palabra. Lo observé bien y noté que tenía un jacket de cuero marrón excesivamente grueso para estas temperaturas. Llevaba un pañuelito azul amarrado al cuello, como los que usan los argentinos.
Como he dicho, había muy poca distancia entre la mesa de billar y mi banqueta. Al poco rato un macharrán de barriga muy galana se colocó entre la mesa y mi banqueta, dándome la espalda y acomodándose para mejor manejar su taco de billar. Dándome la espalda todo el tiempo, me empujó en el riñon con el mango del taco y dijo, con voz alcohólica, salte del medio bródel que no tengo espacio. Yo le dije oiga señor, se dice por favor. El tipo se volteó, alzó el taco como para partirlo en cinco pedazos sobre mi cabeza y gritó señol es tu madre, yo soy el bichote aquí, papá. Entonces escuché un coro, que entonó en mi dirección: no le haga caso místel que está borracho, no le haga caso místel que esta borracho, no le haga caso místel que está borracho; las voces sonaban como si acompañaran la melodía ranchera-rap de la vellonera, y provenían de los otros macharranes y de las mujeres. Una de ellas se acercó al bichote de la barriga galana, quien permanecía agarrando el taco como un bate de béisbol mirándome muy mal. Ella le puso las manos sobre los hombros y le dijo papito ya te estás poniendo malito, vete a descansar vete a descansar. Sus palabras le salían en ritmo ranchera-rap. Y encajando el mismo ritmo, él entonó: papito es la crica de tu madre, yo soy el bichote, mamá, yo soy el bichote mamá. A partir de ese momento sucedieron cosas violentas. El bichote de la barriga galana le dio una bofetada a la mujer. Ella se la devolvió. El la agarró, la hizo girar y le puso una llave de lucha libre, torciéndole el brazo hacia la espalda. Noté que la mujer llevaba un vestido amarillo corto, sin mangas y que tenía brazos muy bien torneados, realmente hermosos. Ella le hundió un codo en la barriga al enemigo, se zafó del agarre y con un movimiento de marioneta, alcanzó un revolver que el bichote llevaba en su cinturón, se lo arrebató y le disparó un tiro. El hombre no cayó, aunque yo hubiera deseado que se desplomara sobre la inmunda mesa de billar y que la inundara de sangre, pero él sólo se encorvaba y se agarraba el hombro izquierdo, sujetándose del borde de la mesa con el brazo desocupado. Me mató la cabrona ésa, pero yo la voy a matar a ella, decía. La mujer se había esfumado. Había tirado el revólver al suelo. El bichote recuperó el hierro y lo blandía como un estandarte de batalla, agresivo, aturdido, girando como un molino. Los amigotes lo rodearon para mantanerlo en pie. Las demás mujeres ya no estaban. Nadie se fijaba ya en mí. Uno de los amigotes del bichote dijo, la cabrona ésa corre más que una guinea, debe haberse metido en casa de su mamá, allá abajo al pie de la cuesta de los González, como hace siempre. Pues pa’llá voy, a matarla, la guá combeltil en caln’e mondongo, gritó el bichote borracho, revólver en mano.
Descubrí que el supuesto amigo de mi abuelo, al igual que yo, no se había movido de su lugar. Me susurró al oído: ¡oye Rafa! indefectiblemente, esa gente va a matar a la mujer que te defendió, es gente malvada, si la quieres salvar a ella, corre hasta la casa donde estará y avísale, pero no te vayas por la carretera, como ellos, pues te verán, se percatarán de tus intenciones y te matarán a ti; tan pronto ellos salgan por la puerta, vete por esta salida trasera que ves ahí, detrás de la vellonera y atrecha por un sendero que llega directo a la casa de la madre de ella, si te apresuras llegarás antes que los tipos, pues están borrachos. Vi entonces que, como predijo el supuesto amigo de mi abuelo, los tipos salieron puerta afuera, casi cargando en pie al bichote, quien a pesar de estar muy malito, seguía con el revólver en la mano, dispuesto a todo. Escuché que la vellonera callaba. Me despedí con una guiñada del amigo de Rafa, me colé por la portezuela tras la vellonera y corrí sendero abajo. El trayecto era oscuro, negro, mis pies tropezaban con piedras y raíces, las ramas azotaban mi rostro. Sentí mientras corría que de cuando en cuando mi hombro izquierdo rozaba una verja alta alambrada, forrada de enredaderas. Me esforcé en seguir pegado a esa verja y aceleré mi carrrera ciega. Sentía que me deslizaba por un túnel, pero el fresco sugería un espacio abierto. El suelo subía y bajaba como una montaña rusa. Caí varias veces y mis manos se hundieron en el fango. Sólo pensaba que los tipos malos iban a matar a la mujer y que yo debía rescatarla. Hubo instantes en que casi desistí de la carrera por falta de aire, pero continué sin saber cómo, hasta que mi hombro izquierdo rozó un muro de concreto liso en lugar de la enredadera interminable. El muro terminó en un portal iluminado. Era la entrada trasera a los predios de una casa. Abrí el portón y penetré en el jardín, escuché ladridos lejanos pero no vi perros. A mi izquierda había una piscina con luces en el agua. Pero no se sentía un alma en el lugar. Más adelante vi una puerta alumbrada por un foco intenso colocado sobre el dintel. Roté la perilla y la puerta abrió de inmediato. Entré a lo que parecía ser un cuarto de baños iluminado con loza blanca immaculada. Aunque no ví los usuales efectos sanitarios. Quizá era una construcción amplia y cada pieza, la bañera, la taza del toilet, el lavamanos, ocupaba un compartimento separado. Mi pie derecho palpó la superficie del piso suave y fría como la palma de una mano de princesa. Me percaté que había perdido el zapato derecho y que ese pie pisaba descalzo. No pude sino pensar, alarmado, que la desnudez de mi pie representaba un impedimento serio para mi plan de rescate de la mujer amenazada. Estar descalzo era un handicap para el combate inminente. Sin sorprenderme, hallé un zapato junto a un cesto de toallas blancas. Era un solo zapato derecho de piel de culebra que yacía en el piso sin su par. Introduje mi pie en él y sentí gran alivio, ahora estoy listo para luchar, pensé. Vi otra puerta que parecía dar entrada a las habitaciones donde se encontraría la perseguida, sólo restaba alcanzarla, avisarle el riesgo que corría y salir con ella de la casa antes que llegara la turba asesina, o además hacerles frente a ellos si estuvieran ya golpeando la puerta del frente de la casa, si no es que hubiesen penetrado ya, porque mi carrera había consumido un tiempo incalculable...
—¿Ése que usted cuenta, es el zapato de piel de culebra que lleva ahora puesto, señor? —preguntó la señora del pelo rubio que se sentaba en la mesa contigua del café, que parecía esperar a alguien y quien ya se había puesto a escuchar mi relato como si nos acompañara. Sí señora, le respondí, impaciente por contar el desenlace de mi historia.
—Pues esos mismos son los zapatos que pusieron hoy en especial en Walmart —añadió la señora.
Entonces no quise contar por qué mi atuendo se encontraba en estado tan estrafalario. Mi nuevo zapato de piel de culebra rutilaba, mudo, con sus escamas… El esplendor.
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